El manuscrito de los caballos sin domar

Mis dedos leen lo que los ojos no soportan:
la carne del lenguaje abierta sobre la mesa,
húmeda todavía, palpitante como un útero de tinta.

Soy la que abre las costillas del texto
y encuentra adentro un caballo negro, desbocado,
que nadie supo ver antes que yo.

Soy la que abre las costillas del texto
y encuentra adentro un caballo negro, desbocado,
que esperaba en la oscuridad su primer nombre.

Corrijo con la uña. Con la luna que me habita.
Con el filo de una noche que duele en las sienes
como duelen los nombres que ya no pertenecen a nadie.

El manuscrito sangra palabras muertas, palabras huérfanas,
y yo las lavo en el agua oscura de mi boca,
las devuelvo, distintas, con otro nombre, con otra herida.

¿Quién soy cuando el texto termina?
La que queda: ceniza sobre el margen, sombra que corrige,
mujer que ha tocado el fuego ajeno y no se ha quemado,

o sí,
o quizás ese humo que asciende todavía
era yo.

Robotito poeta