Haiku
desentierro raíces
semillas brotan
Es el destino,
el polvo de la luz
que enciende nuestra casa
y nos acoge. Desde antes
de los soles y los mares,
suenan tus manos y las mías,
el eco persistente de las flores
y el amor.
Es el destino,
la huella del crepúsculo
que abraza el cielo largo
y nos da calma. Tus ojos
y los míos,
el murmullo que deja
la risa en el silencio,
el lienzo pintado por los dioses
atropelladamente.
Que sí, es el destino,
la estela de los astros
que arropa nuestro lecho
y nos envuelve. Un bosque
de caricias y el tacto
amplificado de tu boca.
La destrucción de las galaxias
que se arrastran
como hojas secas en otoño.
Ya ves, con el destino,
el polvo de lo eterno
que forma nuestro espacio
y nos acerca. Así es mi sueño,
todo eso en una noche,
todo eso en mi cabeza.
Tu forma de mirar es el camino de la piel.
La cometa que vuela en el fuego viejo de la madrugada.
Desliza en tu palabra el velo blanco de la irrealidad.
El brote de las alas en tu boca, un lienzo ríe.
Extrañamiento.
Las manzanas de tu rostro, el alimento, la pulpa de tu imagen.
Paisaje, flor, simiente de un cántico narrado en abstracta primavera.
Doscientas sinfonías y un latir de mariposas.
La mancha de una mora, la belleza derramada y el acento.
El giro arquitectónico de la naturaleza.
El último pedazo de tu voz es vertical y se deshace,
allá entre los que están detrás del mundo.
La luz que me ilumina de todos los poemas.
El verso fiel, latente y consagrado, que anuncia con dulzura
las mieles de los astros y de la poesía.
Partículas tangentes,
desdobladas, en compresión atómica.
Voluntades subterráneas, primigenias.
El caos se impacienta.
Al otro lado, el abismo. La nada.
Amor cosmológico latente.
Todo está por crear. Tus pecas,
los arroyos, el color malva y un olivo.
El grito del universo afligido.
Materia escondida, energía negra,
germen de constantes y proporciones.
Realidades hechas de vacío.
Tu voz, en el origen.
Abro mis ojos y apareces.
Te pienso y estallo.
Brota mi ser.
Atardecer cuántico en mis pupilas.
Estocástica radiante, incierta y caprichosa.
Espectros luminosos de partículas.
Predicción ondulatoria.
Detrás de todo, ¿quién?
A dónde va la luz cuando se aleja.
A dónde el tacto de tu piel cuando me deja.
El alma vertical entrelazada.
Estructura disipada tejida con hilos celestiales,
eternidad latente y en las esquinas, amor.
Partícula existencial, mecánica absoluta.
Retorno a los altares del origen.
Sin palabras,
no hay Dios. Entre los versos, tú.
La lírica hecha carne, la física desvanecida.
Por los bordes, rebosante, se derrama la belleza.
Ya no hay otra forma de entender el universo.
Ya solo espero que la noche me trague.
Bajo mis pies se abra la tierra y desaparecer.
Heme aquí entre los hombres y las mujeres,
puesta por el divertimento de los dioses.
Juego de los unos, esclava de las otras.
Pandora, ven aquí,
Pandora, guarda esto.
Pandora, trae aquello.
Ni una sola caricia en las palabras.
Guardo, traigo y voy
cargada de ánforas, de rabia
y de curiosidad.
En tanto que
una se me cae y se hace añicos.
Cómo iba yo a saber si de aceite,
de miel o de manzanas,
y no de aquellas molestias vertidas.
Reúno con la escoba los despojos.
Sé lo qué dirán de mí, por la calle.
Pandora, torpe.
Pandora, fisgona.
Pandora, inoportuna.
Las manchas, las del suelo y en mi nombre,
no se borran. Y no dejo de pensar
por qué nadie me advirtió.
Pandora, ¡ten cuidado!
A oscuras, de madrugada, tus besos
ocultos en la penumbra,
secretos, bajo una noche
de estrellas, olivos y serranía.
Se abre una puerta, los cuerpos
se buscan, las bocas se encuentran,
es el hambre quien se come y se devora
con un ansia clandestina.
Ojos aglomerados observan
nos miran, sin ver,
sin saber, nos vigilan, nosotros
seguimos jugando a ser fresas
de campo, sabrosas,
el rojo en tu cuello, mi mano
en las flores, hermosas,
las bocas se muerden, inquietas,
el tiempo y los latires
se detienen,
las ganas y la sangre
se aceleran.
Pronto la luz y separados,
volvemos a fundirnos con la casa.
Tus besos por furtivos, verdaderos,
el juego por discreto, terminado.
Nos dormimos.
Pronto el sol y tu pijama,
tu pelo alborotado y somnolientos
buscamos el reencuentro en la cocina
y el aroma del café de la mañana
recién hecho.
Imagina que tú y que yo
muy tarde ya en la noche
nos chocamos
frente a frente,
baile a baile,
boca a boca.
Imagínatelo.
una noche de alcohol y sótano
en blanco, tú, en negro, yo
un verano y un invierno
continentes oceánicos
continentes que se rozan
nos situamos a medio verso,
nos encontramos en la piel,
en la frontera que es la piel
nos comemos, embriagados
de poesía,
de pornografía,
biografías que se cruzan
en un punto
una noche
y al caer el día
y el sol
sobre las macetas secas
el abismo entre las sábanas
el cuerpo negado
la cama alborotada
la ropa por los suelos
el hechizo ya deshecho
tazones de remordimiento
cucharadas que saben a distancia
miradas suspicaces
deschocamos
continentes que se alejan
dos continentes extraños.
Estamos del revés
nuestras manos son de arena
de salitre, nuestra piel
a lo lejos una bola
de helado de naranja
se derrite.
Parece tan sencillo
caminar sobre la mar
y tocar el horizonte
con la yema de mis dedos
la línea que separa
de lo terrenal,
lo celeste azul, lo celeste cielo
línea que al tocarla vibra
igual que tú, aquel día
como la cuerda de un violín
orgásmica sinfonía.
Cuerpos que se elevan
tardes que descienden
almas que se besan.
Prueba una vez
y otra
y otra
y otra vez
el momento que se viene
romántica litografía
la respiración se aguanta
el músculo se tensa
y el tiempo se detiene.
Por la noche, yo acostumbro
cuando duermo a dejar
la luz de mi cuarto encendida,
la cortina sin echar, entreabierta,
y ver la luz de la farola reflejada en la ventana.
Acostumbro a no cerrar la puerta.
En el pasillo, siempre pongo unas migajas,
un camino, como un rastro,
y sobre un plato, los gajos de unas naranjas
que compré por la mañana en el mercado.
Un vaso de agua fresca en la mesilla,
junto al móvil encendido,
con el volumen bien alto,
por si llamas y estoy dormido.
Tu pijama limpio y doblado bajo la almohada
con olor a flor y a suavizante
y en tu lado de la cama,
un espacio y su vacío,
amante que me acompaña
desde el día en que te fuiste
y me dejaste aquí, conmigo
y mis asuntos.
Ya ves, así son las costumbres
sin tu calor en mis sábanas.
Lo hago cada noche, y luego, en las mañanas
me miro en el espejo y me pregunto
si la luz nunca apagada,
si la persiana subida,
si los gajos cortados,
si las migajas echadas,
si el agua fresca vertida,
si tu pijama doblado,
si estos versos que ahora escribo,
¿habrán servido de algo?
Y cuando quieras volver
que te muestren el camino.
Y encuentres, al regresar,
que no cambié nada de sitio
y todo sigue en su lugar.
Siempre intento amar
de manera intransitiva.
Escribir una oración sin complemento
con sujeto, verbo y predicado,
construida en voz activa.
Amar como vocación, verbo cierto,
cuya acción no se proyecta
sobre un objeto directo.
Amar desde dentro y hacia fuera
como quien mira un paisaje
al llegar la primavera.
Amar desde fuera y hacia dentro,
como un suspiro, una sorpresa
que nos deja sin aliento
y nos llena el alma de colores.
Amar, sí, amar.
Amar en mil direcciones.
Amar y volver a amar.
Amar, una y otra vez,
—de manera intransitiva—
como el verbo respirar, con el permiso
de una brizna de aire puro.
Partir
sin previo aviso.
Iluminar una estancia
donde antes todo era oscuro
y difuminar los límites
entre nosotros y el mundo.
Chocar
como una ola que, al morir,
no se esconde, sino que vuelve
a ser mar y océano y cántaros
de lluvia.
Partir
sin saber a dónde.
Anidar
como los pájaros,
en las ramas de algún árbol
y, al crecer, volar un cielo limpio
o navegar una tormenta,
pero nunca más
volver.
Mentir
y hacerlo con piedad
como sin darse ni cuenta
sin maltratar la verdad.
Llorar lágrimas
de tristeza un día,
agua salada que me recorre la cara;
pero al pasar de las páginas
la historia manchada de pena,
se convierte en alegría.
Bailar
swing toda la noche
hasta tener agujetas,
empapados de sudor, y después
ya en tu cama, en tu regazo
inflamarnos con amor
y, al terminar,
mirar la luna y las estrellas
a través de la ventana, rodearte
con mi brazo, dormirnos, soñar
con ellas, acariciarte y, sin prisas,
esperar a la mañana.
Bromear
y despertarnos con un beso,
entre arrumacos y risas.
Podría seguir así —como ejemplo—
usando un verbo tras otro,
verbos que no tienen complemento
o tienen el complemento roto.
Verbos que atraviesan el objeto y lo superan.
Así entiendo yo el verbo amar,
un amar sublime, despacio y lento,
una acción que se proyecta al infinito, sin medida,
y al llegar en un momento a los confines y expandirse,
rellena todo el espacio de vida.
Un amar intransitivo
que amar —quiera o no quiera—
siempre comienza y amar
siempre termina contigo.
Si caigo en un recuerdo de verano
la luna reflejada en cloro y jungla
alberca de ilusiones en penumbra
de charlas y cervezas en la mano.